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Intervención del presidente de BBVA en el curso U.I.M.P. / APIE
Francisco González:"Esta crisis acabará dando lugar a una Europa más integrada, más competitiva y más próspera"
- “Los bancos deben transformarse a un modelo de negocio más cercano al cliente que combine el mundo físico y la plataforma virtual”
- "España necesita un gran contrato económico y social para afrontar los problemas del país"
- BBVA obtiene un beneficio atribuido recurrente de 5.260 millones de euros, que le permite anticiparse y fortalecer el balance y sus áreas de negocio

El presidente de BBVA, Francisco González, afirmó que “esta crisis acabará dando lugar a una Europa más integrada, más competitiva y más próspera”, en la inauguración del curso U.I.M.P. / APIE celebrada hoy en Santander. Además, hizo un llamamiento para dar “un nuevo impulso a la integración europea”. En España, pidió a las autoridades “asegurar la sostenibilidad de las finanzas públicas a medio y largo plazo; impulsar las reformas estructurales para estimular el crecimiento; y reestructurar el sistema financiero”.
Francisco González inauguró hoy en Santander el curso ‘Tres décadas de economía española. De la consolidación de la democracia a la crisis actual. Evolución y perspectivas’, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y la Asociación de Periodistas de Información Económica.
El presidente de BBVA comenzó su conferencia con un repaso de las tres fases de la crisis: la financiera, la económica y la transformación impulsada por la revolución tecnológica y los movimientos geopolíticos. De esta tercera etapa de transformación en la que nos encontramos, Francisco González destacó el auge de las economías emergentes, una tendencia que “no debemos considerar como una amenaza sino como una enorme oportunidad, pues estos países constituyen un mercado que crece de forma exponencial y representan una gran fuente de ganancias de eficiencia para todo el mundo”.
A continuación, realizó un análisis más profundo de la situación en Europa y España.
Europa
- “La crisis ha puesto de manifiesto las carencias de la Unión Europea”, en concreto “ineficiencias de una política y una moneda únicas, si no se ven acompañadas de políticas fiscales y reformas estructurales en los países miembros”.
- “Necesitamos más Europa, un nuevo impulso a la integración europea, reforzando los mecanismos de coordinación y apoyo de las políticas económicas, como el Mecanismo de Estabilización Europeo”.
- “Esta crisis acabará dando lugar a una Europa más integrada, más competitiva y más próspera”.
España
- “Es prioritario devolver la confianza de los mercados, reduciendo el crecimiento de la deuda y asegurando que la economía genera recursos para hacer frente a los pagos de esa deuda. Es decir, austeridad y crecimiento”.
- “Las autoridades económicas españolas tienen tres tareas urgentes”:
- Asegurar la sostenibilidad de las finanzas públicas a medio y largo plazo: “Necesitamos asegurar la transparencia y el control de todo gasto y el endeudamiento público”.
- Impulsar las reformas estructurales para estimular el crecimiento: “Es necesario aplicar medidas que aseguren la sostenibilidad del sistema de protección social –la reforma del sistema de pensiones y la reforma de la sanidad pública-, así como reformar el mercado de trabajo; intensificar la competencia de las empresas; impulsar la vivienda en alquiler; y una profunda reforma educativa”.
- Reestructurar el sistema financiero: “Necesitamos un sistema solvente y estable, una reducción relevante de la capacidad instalada del sector y una inyección de capital suficiente”. “Es preciso que todas las entidades financieras estén libres de interferencias políticas y que su gestión sea objeto de control por el mercado”.
Para concluir, se refirió a la estrategia de BBVA.
BBVA
- “En BBVA llevamos varios años trabajando en nuestra transformación interna para ser capaces de competir con ventaja en este nuevo entorno”.
- “Los bancos actuales deben reconvertir radicalmente su red de oficinas, e integrarla en una plataforma físico/virtual donde el cliente pueda cambiar de un canal a otro sin fricción alguna, para conseguir la solución que desea, cuándo y cómo la desee”.
- “La industria financiera afronta una coyuntura muy difícil y un futuro incierto. En BBVA queremos liderar esta transformación, en el camino para convertirnos en el mejor banco universal del mundo”.
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Discurso de Francisco González en la inauguración del curso U.I.M.P. / APIE
Señora Vicepresidenta Segunda, Señor Consejero, Señor Rector, queridas amigas, queridos amigos, muy buenos días a todos.
Antes de comenzar, quiero felicitar y agradecer a la Asociación de Periodistas de Información Económica y, muy en especial, a Angel Boixadós y a Miguel Angel Noceda, por la organización de este curso.
También agradezco a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo la hospitalidad que nos concede. Y, por supuesto, a todos ustedes por acompañarnos hoy.
El año pasado, en este mismo curso, señalé que esta crisis tendría tres fases: la financiera, la económica y la de transformación o reconversión.
En esa oportunidad, me centré en la transformación de la industria financiera; hoy, quisiera generalizar ese planeamiento al conjunto de la economía (global, europea y española).
La primera fase de la crisis fue la financiera en sentido estricto. Esta fase de la crisis se salvó, pero no se resolvió definitivamente, gracias a apoyos extraordinarios de liquidez y capital de los Gobiernos y los bancos centrales, apoyos que siguen vigentes.
Esta fase dio lugar a la fase económica, caracterizada por la recesión, con el consiguiente aumento de la morosidad y de los fallidos en la banca.
¿Hoy, dónde estamos? La economía global ha atravesado la fase recesiva más aguda. El crecimiento mundial alcanzará en 2010 el 4%, impulsado por los países emergentes. Y se está iniciando (en los países desarrollados) una recuperación modesta y desigual, muy apoyada por unas políticas fiscales extremadamente expansivas.
Pero la debilidad del sector financiero, junto con el enorme volumen de deuda acumulado, están desencadenando la tercera fase de la crisis: la de la transformación.
Una transformación profunda, que afecta:
- Al mapa económico y financiero global.
- A los modelos económicos –e incluso sociales- de los países y las regiones.
- Y al conjunto de los sectores y las empresas, y en primera línea, a la industria financiera.
¿Cuáles son los motores de este cambio? A mi juicio son dos: la revolución tecnológica y los movimientos geopolíticos, asociados al final de la división del mundo en dos bloques.
Como resultado, la distribución de la actividad y la riqueza en el mundo está cambiando de forma acelerada. Al menos 3.000 millones de personas en Asia, en Centroamérica y América del Sur, en los países del Centro y el Este de Europa, se han incorporado al mercado global y se han convertido en el motor del crecimiento mundial. Hace 10 años, los países emergentes representaban el 28% del PIB mundial. Dentro de 10 años, estará muy cerca del 50%.
Muchos de estos países están escalando posiciones en la cadena de producción global. Ya no son meros exportadores de materias primas: hoy, el 80% de las exportaciones de los países emergentes son manufacturas.
Esto no debemos considerarlo una amenaza, sino una enorme oportunidad: los países emergentes constituyen un mercado que crece de forma exponencial. Y representan una gran fuente de ganancias de eficiencia para todo el mundo.
Para aprovechar esta oportunidad, los países desarrollados deben cambiar, en tres sentidos fundamentales:
- Impulsando la participación de las áreas emergentes en la gobernanza global y ayudando a que más regiones y países (especialmente en África) se incorporen al proceso de desarrollo.
- Reorientando su modelo económico hacia las industrias del conocimiento; esto exige redoblar el esfuerzo en educación e impulsar la ciencia y la innovación.
- Eliminando las rigideces y obstáculos que lastran su propia competitividad y su capacidad de crecimiento.
Éste es el marco general en el que me gustaría situar los problemas actuales de Europa y España a los que me referiré a continuación. Europa es un caso paradigmático entre las áreas desarrolladas: ha sufrido con fuerza los efectos de la crisis y ha acumulado desequilibrios que reducen su tasa de crecimiento potencial. En Europa, además, la crisis ha puesto de manifiesto las carencias institucionales del proyecto de Unión Europea, la falta de liderazgo y de mecanismos de coordinación.
Europa no puede crecer al mismo ritmo que los países emergentes: se trata de un área con altos niveles de renta y bienestar, y con una población mucho más madura (“envejecida”). Sin embargo, sí debe aspirar a no quedarse rezagada con respecto al resto de las regiones desarrolladas, y a seguir incrementando los niveles de bienestar de sus ciudadanos.
La nueva estrategia para Europa, adoptada en el Consejo Europeo de Madrid bajo la Presidencia española, marca las grandes líneas hacia una economía europea más flexible, competitiva y productiva.
Sin embargo, para avanzar en esta dirección hacen falta bases apropiadas, de las que hoy carecemos.
Hace falta, en primer lugar, reforzar los mecanismos de coordinación y apoyo de las políticas económicas. Las perturbaciones de los mercados muestran las ineficiencias de una política y una moneda únicas, si no se ven acompañadas de una convergencia de las políticas fiscales y de reformas estructurales de los distintos países miembros.
El Mecanismo de Estabilización Europeo es un primer paso muy importante para asegurar esa convergencia y estabilizar el euro. Sin embargo, tiene que venir acompañado de un reforzamiento del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, con normas que aseguren la sostenibilidad a medio y largo plazo de las finanzas públicas de todos los países y el avance en las políticas de flexibilización y competitividad.
Esto supondrá una revisión del Estado del Bienestar Europeo. Europa, inexorablemente, está avanzando hacia el envejecimiento y cuanto antes reaccionemos ante la insostenibilidad de los sistemas actuales de protección y de pensiones, menos dolorosas serán las consecuencias.
En definitiva, en estos momentos en los que la concepción paneuropea parece estar en cuestión, lo que necesitamos es, precisamente, más Europa, un nuevo impulso a la integración europea.
Estoy firmemente convencido de que, igual que la crisis del 93, tras la Unión Alemana, fue el desencadenante de la moneda única y de una década de fuerte crecimiento, esta crisis acabará dando lugar a una Europa más integrada, más competitiva y más próspera.
España, a lo largo de la década previa a la crisis, ha sabido aprovechar la moneda única para generar crecimiento, empleo y riqueza muy por encima de la media europea. Sin embargo, hoy nos encontramos en una posición muy difícil.
La recuperación económica se retrasa, incluso más que la del resto de los países europeos. Nuestra tasa de desempleo se acerca al 20%, y dobla la media del área del euro –cuando en 2007 nos encontrábamos al mismo nivel-.
Al tiempo, las cuentas de las Administraciones Públicas han pasado de un superávit del 1,7% del PIB en 2007, a un déficit del 11,2% en 2009 (13 puntos de deterioro en dos años).
Como resultado, los mercados financieros han retirado su confianza a nuestro país. El spread de la deuda del Estado español con respecto al alemán ha llegado a superar los 200 puntos básicos –incluso a plazos muy cortos, como dos años-.
Y si el Estado español encuentra dificultades para financiarse en el exterior, aún mayores son las de los agentes privados. Para la mayor parte de las empresas y las entidades financieras españolas, los mercados internacionales de capitales están cerrados.
¿Cuál ha sido el problema? El fundamental ha sido que la crisis ha precipitado el colapso de nuestro modelo económico. Un modelo basado en el endeudamiento exterior y excesivamente orientado al sector de la construcción y al estímulo del consumo.
El éxito de este modelo ha retrasado las reformas estructurales necesarias para adaptarse a un mundo que estaba cambiando aceleradamente y nos ha hecho particularmente vulnerables a la crisis.
La caída de la actividad y el empleo han tenido un impacto muy fuerte, tanto sobre las finanzas públicas como sobre las entidades financieras domésticas.
De esta forma, hemos llegado a una economía altamente endeudada con el exterior. Nuestra deuda exterior alcanza el 147% del PIB (más de 1,5 billones de euros). Y esa deuda exterior se ha convertido en nuestro problema más agobiante (este año, la economía española afronta vencimientos de 600.000 millones de euros).
Es, por tanto, prioritario, recuperar la confianza de los mercados. Y eso sólo puede hacerse combinando dos tipos de medidas.
- Medidas para reducir el crecimiento de la deuda.
- Medidas para asegurar que nuestra economía genera recursos para hacer frente a los pagos de esa deuda.
En dos palabras: necesitamos austeridad y crecimiento.
La crisis ya ha impuesto la austeridad al sector privado: el déficit por cuenta corriente, que en 2008 alcanzó casi el 10% del PIB, en 2009 fue del 5,4% y este año se situará en torno al 3%.
Las exportaciones están creciendo desde mediados de 2009 y la productividad, tras varios años de caída, en 2009 mejoró un 2%. La tasa de ahorro de las familias está creciendo desde el inicio de la crisis a tasas muy superiores a la media europea.
Y el sector público, con las últimas medidas extraordinarias –que se suman a las ya tomadas en los Presupuestos Generales del Estado de 2010- ha dado un giro muy importante.
Un paso necesario, pero no suficiente.
Las autoridades económicas españolas tienen tres tareas urgentes, en las que hay que actuar simultáneamente.
- Asegurar la sostenibilidad de las finanzas públicas a medio y largo plazo.
- Impulsar las reformas estructurales para estimular el crecimiento.
- Reestructurar el sistema financiero.
Los mercados exigen el saneamiento de las finanzas públicas. Pero, al tiempo, temen que la contracción fiscal reduzca el crecimiento, que es indispensable para la sostenibilidad de la deuda. Y sin una reestructuración profunda del sistema financiero, la economía no dispondrá de entidades solventes capaces de financiar ese crecimiento.
En todas estas áreas hablo de reformas profundas; reformas que transformen de verdad la economía española. Pero ¿cuáles serían?
En cuanto a la sostenibilidad de las cuentas públicas, es preciso:
Primero, establecer los mecanismos –acuerdos, normas legales- que aseguren la transparencia y el control de todo gasto y el endeudamiento público, incluyendo la corresponsabilidad fiscal de las Autonomías y Ayuntamientos.
Segundo, medidas que aseguren la sostenibilidad del sistema de protección social. Por una parte, la reforma del Sistema de Pensiones, ajustando la edad de la jubilación y las cuantías a percibir a los recursos del sistema y al aumento de la esperanza de vida. Y, por otra, la reforma de la Sanidad Pública, impulsando un uso razonable del sistema y una mayor eficiencia del gasto (por ejemplo, a través del copago).
Otra reforma estructural ineludible es la del mercado de trabajo. Nuestro mercado laboral no funciona bien y los datos de desempleo lo demuestran.
Hay que combatir la dualidad entre trabajadores fijos con un alto grado de protección y trabajadores temporales, desprotegidos, que van en masa al desempleo en cuanto cambian las circunstancias económicas de la empresa.
No se trata de reducir el coste del despido. Se trata de conseguir un nivel más homogéneo y equitativo de protección para todos los trabajadores.
Por otra parte, los mecanismos de determinación de salarios son inadecuados. Un ejemplo: en el primer trimestre de 2008, cuando la destrucción de empleo alcanzó su máximo (750.000 empleos perdidos en ese trimestre) los salarios estaban aumentando tres puntos por encima de la inflación.
Como resultado, cuando la coyuntura empeora, todo el ajuste se produce en términos de cantidades (número de empleados), y no de precios (remuneración).
Necesitamos, por tanto, un sistema de negociación salarial mucho más flexible y descentralizado, que responda a las condiciones de cada empresa.
La Reforma Laboral es muy necesaria y de la máxima urgencia. Pero hay otras reformas muy importantes; me gustaría destacar unas pocas:
Las reformas dirigidas a intensificar la competencia en los mercados, a reducir los costes administrativos y a facilitar la apertura de nuevas empresas.
El impulso de la vivienda en alquiler, para mejorar la movilidad del trabajo –no con incentivos fiscales, sino mejorando la seguridad jurídica de los propietarios-.
Una profunda reforma educativa, con vocación de estabilidad, que incentive la excelencia, que combata el fracaso escolar y que permita currículos más flexibles y ajustados a las necesidades de las empresas.
Todas estas son cuestiones que están ya sobre la mesa; en pocos días tendremos una propuesta de Reforma Laboral. Y en otros frentes se han producido ya avances significativos. Pero no es suficiente con retocar aspectos puntuales. Necesitamos soluciones permanentes. Y aunque estas soluciones exijan sacrificios a corto plazo, sus beneficios a medios y largo plazo los van a compensar con creces.
Por último, la reestructuración del sistema financiero. Es urgente porque hemos de resolver problemas apremiantes que ponen en riesgo a muchas entidades españolas y que están afectando negativamente a nuestra percepción exterior.
Pero, sobre todo, es importante para que nuestra economía recupere una senda sostenible de crecimiento. El crecimiento potencial español es superior al europeo. Nuestra economía puede y debe continuar convergiendo con los niveles de renta de los países más avanzados de Europa.
Para materializar esas posibilidades necesitamos un sistema financiero solvente y estable. Como en el caso de las reformas que acabo de citar, no basta con retoques. Necesitamos una reducción relevante de la capacidad instalada del sector y la inyección de capital suficiente. Además, es preciso que todas las entidades financieras que operen en nuestro país estén libres de interferencias políticas y que su gestión pueda ser objeto de seguimiento y control por el mercado. No se trata sólo de resolver los problemas presentes, sino de situar a las entidades españolas en condiciones de responder a la transformación de la industria financiera.
De esta transformación ya hablé aquí el año pasado. Seré, por tanto, muy breve. Sólo quiero destacar que, por debajo de los desplazamientos de la actividad y la riqueza, de los cambios en el mapa bancario global y en la regulación, subyacen los verdaderos motores de la transformación: los avances tecnológicos y los cambios que éstos generan en las sociedades y las personas.
Los clientes bancarios, antes fundamentalmente pasivos, tienen ahora mucha más información y, por tanto, más poder. Demandan, por supuesto, mejores productos y servicios a mejor precio, pero también mayor conveniencia y una atención más personalizada.
Para responder a estas demandas, se necesita un nuevo modelo de banca más eficiente, más ágil y con nuevas formas de relación con los clientes.
Sólo la utilización intensiva e inteligente de la tecnología permitirá atender estas demandas. La red física, que hoy es el principal activo de los bancos, está tendiendo a convertirse en un pasivo muy costoso.
Los bancos actuales deben reconvertir radicalmente su red de oficinas, e integrarla en una plataforma físico/virtual donde el cliente pueda cambiar de un canal a otro sin fricción alguna, para conseguir la solución que desea, cuándo y cómo la desee.
Se va a configurar un nuevo entorno competitivo de la industria en el que sólo podrán participar las entidades actuales que sepan reconvertirse a tiempo, compitiendo con las nuevas propuestas de valor que salgan de la web.
En BBVA llevamos varios años trabajando en nuestra transformación interna para ser capaces de competir con ventaja en este nuevo entorno.
Para BBVA, todo esto no es ciencia ficción; está en plena marcha; BBVA ya es capaz de ofrecer muchas cosas que ningún otro banco puede hacer. Y esto va a suponer una gran ventaja competitiva en un futuro ya muy cercano.
Ya concluyo, pero antes quisiera recapitular unas ideas que me parecen claves:
Europa –y España- afrontan retos muy complejos. Pero estos retos deben desencadenar una reacción transformadora que nos permita aprovechar las enormes oportunidades que ofrecen el cambio tecnológico y el mercado global.
No es tarea fácil, pero finalmente estamos dando pasos en el sentido correcto. Y estoy convencido de que a partir de esta crisis sentaremos las bases para un nuevo impulso sostenido al crecimiento.
La industria financiera es clave para el crecimiento económico y la estabilidad social. Y hoy, afronta una coyuntura muy difícil y un futuro incierto.
La crisis tiene que dar lugar a una nueva industria financiera, que aproveche las enormes posibilidades que ofrece la tecnología para articular un modelo de negocio más transparente, más sólido, más cercano al cliente, más capaz de apoyar un crecimiento sostenido y equilibrado.
En BBVA queremos liderar esa transformación, en el camino para convertirnos en el mejor banco universal del mundo.
